El comerciante

Había un comerciante, que vivía en la costa, famoso por ser difícil de engañar. En los puertos, la gente extraña de otros países, y piratas, se confabulaban para tratar de vender objetos que ellos aseguraban de mucho valor, y en realidad de nada servían después sino para llenarse de polvo en las estanterías de los mercaderes.
Un día, apareció ante la casa del comerciante un muchacho bien vestido, y con buenas recomendaciones desde el interior. Aseguraba que tenía varias gemas que quería vender. El comerciante nunca antes había trabajado con objetos de tanto valor y la idea le entusiasmó. Pero como era nuevo en aquello de comerciar con gemas, no quería ser engañado, así que fue a consultar a algunos expertos y preguntarles la forma de descubrir una falsificación.
Cuando estuvo convencido de que el muchacho no le engañaría, lo hizo llamar. Pero el muchacho ponía mil pegas para ir a la casa del comerciante con la mercancía. El comerciante no podía mas. Lleno de intriga e ilusión, emprendió camino de la casa del muchacho. El viaje era largo, y quizás perdería algo de dinero, pero la oportunidad de ver esas gemas y poder ganar con ellas supuso que mereciera la pena.
Cuando el comerciante llegó, el muchacho casi temblaba de la emoción y se le veía muy feliz por poder acoger en su casa al comerciante.
El comerciante, al ver tal recibimiento, olvidó todas sus sospechas y se sentía muy feliz. Al ver las preciosas gemas, casi se estremeció. Eran preciosas. El muchacho le ofreció unos certificados de garantía, afirmando que algunas llegaban de tierras muy lejanas y eran difíciles de encontrar, por lo que tenían mucho valor. El comerciante pagó una buena suma de dinero por ellas, y el muchacho le invitó a que volviera cuando quisiera. Casi se quedó sin nada para el viaje de vuelta, pero no le importaba, porque el viaje de vuelta lo haría con esas gemas tan preciosas.
Cuando llegó a su ciudad, el comerciante estaba tan contento que empezó a enseñar las gemas a los expertos que había consultado. Y todos dieron el mismo juicio, esas gemas eran falsas. Había pagado todos sus ahorros, y se había quedado sin nada por un puñado de cristales que ahora parecían clavarse aristados dentro de su corazón.
Indignado, el comerciante volvió a casa del muchacho, pero cuando llegó ya no estaba, había desaparecido, nadie sabía nada de él. El comerciante, al pagar el viaje de vuelta a casa, otra vez, podía considerarse que estaba en la ruina. Ya había vendido toda su mercancía y en las estanterías solo quedaban las falsas piedras preciosas. Así que cerró su tienda y empezó a pensar en como podría sobrevivir.
Un día, apareció en la puerta un hombre, el cual parecía muy normal. Llamó mirando a través de los cristales, y mirando a las gemas falsas.
El hombre le hizo una oferta al mercader. Pagaría por ellas el doble de lo que pagó él al muchacho.
El comerciante no podía creerlo. ¡Eso le sacaría de la ruina! Pero tendría que engañar al hombre.

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1 comentario

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Una respuesta a “El comerciante

  1. Emilio

    Para qué engañarlo? Sólo le tiene que decir la verdad… tal vez el hombre sepa más de esas joyas de lo que sabía el comerciante. El comerciante únicamente tiene que sincerarse con el hombre y ya será cuestión de éste el decidir si las quiere o no.No todo en la vida se basa en engañar a otro para sacar beneficio, a veces la verdad es el mayor de todos los beneficios. La vida está llena de verdades, pero muchas de ellas hacen tanto daño que nos protegemos con las mentiras.El comerciante tenía buena fama y seguro que es buena persona, confío que sepa decir la verdad sin tener que estafar a nadie. Por contra, el muchacho ese es un poco cabrón y espero que con él se aplique la ley musulmana sobre los ladrones… cortarle las manos.

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